Pablo Emilio Moncayo, once años en la selva y contando
El pasado 16 de abril, la guerrilla de las Farc anunció su decisión de liberar, unilateralmente, al cabo Pablo Emilio Moncayo, secuestrado el 11 de diciembre de 1997. Once años, lleva en la selva el hijo del profesor Gustavo Moncayo.
La selva lo conoció con 18 años y desde entonces el cabo Moncayo no ha podido celebrar once veces el día de la madre, el día del padre, Navidad, año nuevo, han pasado tres elecciones presidenciales, han liberado a 28 de sus compañeros de infortunio y ocurrido miles de noticias
Lo único bueno que Pablo Emilio ha conocido en estos años es el inmenso amor de su padre y su incansable lucha para sacarlo de ese injusto e inhumano cautiverio. El mismo amor que logró, después de casi dos años de caminar por el país entero, Venezuela y hasta Europa, que las Farc tomaran finalmente la decisión de liberarlo.
Lo injusto es que el sufrimiento de once años y el sacrificio y el dolor de su familia no son suficientes. La liberación del cabo Pablo Emilio Moncayo se convirtió en una excusa para medir, una vez más, fuerzas entre el Gobierno y las Farc.
Las dos partes deberían sentarse en soledad por un momento y pensar lo que significan once años en la vida de una persona.
Cuánta vida le han quitado a Moncayo. Cuántas lágrimas, risas y experiencias se ha perdido en estos años. Y lo preocupante es cuánta más pretenderán seguirle quitando estos dos bandos que por andar pensando en el poder, olvidan que las personas no son una mercancía inerte.
En este tire y afloje de imposiciones, me pregunto cuánto poder o cuánto daño le puede hacer a la Seguridad Democrática permitir que la senadora Piedad Córdoba suba a un helicóptero y traiga a la libertad a un hombre sufrido -que se fue apenas saliendo de la adolescencia-.
Con ese acto, ni el presidente Uribe, ni el ministro Santos, borrarán los golpes dados a la guerrilla en estos años. Nadie los juzgará y los fieles seguidores de la política bandera de este Gobierno, incluso los llenarán de elogios. Piedad Córdoba, por su parte, tampoco ganará mucho votos –seguramente más odios sí-.
Queda entonces la pregunta sobre la mesa ¿Por qué, si en sus manos está, no permiten que este hombre y su familia dejen de sufrir? ¿Acaso once años no son suficientes?
Por: Inés Elvira Ospina Echandía





